IA, privacidad y Big Data: bienvenidos a WestWorld6 min read

«Alexa, sorpréndeme»

Hoy en día no nos suena raro que una voz casi humana nos responda con información coherente a una pregunta banal lanzada al aire. Asumimos con total normalidad que una máquina ordene nuestras preferencias y nos descubra nuevas basadas en búsquedas recientes. ¡Magia! Dirían hace 40 años. ¡Brujería! Igual esta época no nos interesa mentarla pero todo va más allá del simple asombro.

 

 

Big Data y la información en cantidades industriales

Nos hubiera gustado sorprenderte con el párrafo anterior pero vamos unos cuantos años tarde así que empezaremos por la base. Para que Alexa pueda sugerirte el estreno de una película que llevabas tiempo anhelando primero tiene que saber qué aficiones tienes. Y para ello, alguien ha tenido previamente que concederle una autorización a ese rinconcito privado. Nosotros, por ejemplo pero ¿en qué momento?

Es una de las preguntas que más resuenan cuando nos llega un mail de una empresa que no conocemos o la oferta de esas zapatillas que llevábamos tiempo siguiendo por si bajaban de precio. En algún momento de nuestras horas muertas navegando por internet hemos consentido que para entrar a ver esa página, ésta extraiga parte de nuestra ruta de navegación, guarde esos datos y bien los almacene para uso propio o los venda a terceros. Hasta aquí la historia nos la conocemos, la prestidigitación no es lo nuestro.

 

 

Amigo lector es tu momento de confesión ¿te has leído alguna vez la política de privacidad de datos, cookies, aviso legal en la que has podido vender tu alma al diablo sin saberlo? No sería la primera vez que el ser humano nos sorprende vendiendo a sus vástagos por no leerse la letra pequeña de un contrato. Todo dentro de un experimento, claro. Aquí ya empezamos a removernos.

No te preocupes que para eso están las leyes para frenar a quien se pase de la raya. Es por eso que en 2022 el monstruo de las galletas (cookies) dejará de existir en Google y dará paso a una nueva era de marketing contextual. Tranquilo, la oferta de esas zapatillas y los estrenos de películas seguirán llegando a tu bandeja de entrada pero el espía que tenías siguiéndote por internet lo hará con otra técnica más sofisticada para seguir impactando con sugerencias deseadas. Los fantasmas nunca desaparecen del todo.

 

¿Soy yo el que elige qué película quiero ver o ha sido Alexa?

Este melón da para un debate de 3 siglos pero con la implantación y regulación de nuevas normativas se intenta que la elección del usuario esté por encima de la marca que quiere apresarlo. Eso no significa que las empresas vayan a dejar de venderte pero sí que recae sobre ti el peso de compartir la información, tu ruta de navegación, perfiles dónde concedes acceso o los rechazas.

Poco a poco tú decides si quieres llevar un compañero a cuestas para que, terminada la visita por la red te sugiera recomendaciones basadas en tus gustos. También puedes decidir quitarte lastre de tener señales que te indiquen dónde poner el foco y airear tu cámara de eco. Depende de ti.

 

 

La teoría es sencilla: rechazo el seguimiento y ya está, dirás con razón. Aquí viene cuando entra en juego la picardía y de esto el ser humano va servido. Muchos tenemos clara la frase de si el producto es gratis, es porque el producto eres tú y es por ello que si el producto se revela no será fácil navegar por internet sin «aceptar» las condiciones de seguimiento de acceso a tus perfiles. Ss más, ya comienza a ser habitual que si rechazamos las condiciones de un sitio web el mismo no nos deje leer el contenido o automáticamente nos expulse. Un «no te digo que te vistas pero ahí tienes la ropa» en toda regla.

El usuario también tiene que entender que para que una IA pueda sugerir gustos adecuados a su perfil tiene que poder tener una gran cantidad de información sobre el mismo, procesarla y entregar un resultado que irá mejorando en base al ensayo-error, el aumento de datos y la interacción con el usuario.

En otras palabras: no puedes presumir de que Alexa te conoce mejor que tu madre si no tiene apenas información sobre ti. Como la vida misma, tienes que darle acceso a tu vida digital. Es aquí donde se abre un debate moral en el que muchos se preguntan «¿hasta dónde es éticamente aceptable que nuestra IA tenga información personal?».

 

 

 

Terreno privado: no puedes pasar… o sí

No podemos dejar pasar la figura de Elon Musk y Neuralink: un proyecto que funciona grabando y decodificando señales eléctricas del cerebro. Has leído bien, su función consiste en «traducir» los impulsos cerebrales a información digital.

Como siempre ante un gran avance se genera una mayor polémica. El problema no es dejar que una máquina decodifique todos esos impulsos nerviosos y entendamos mejor cómo funciona nuestro cuerpo. Esa de hecho sería la mejor parte: la teoría nos hace soñar con un mundo en el que la biotech avanza por buen camino y en el que por ejemplo, personas que han sufrido graves daños en la médula espinal puedan recuperar su movilidad parcial o completa.

 

 

Ahora viene el Yang. ¿Se necesita que al mismo ritmo que se crean tecnologías avanzadas que puedan acceder a un rincón privado de nuestro cerebro se opte paralelamente por regularlas? La respuesta es: mejor que sí.

Si algo nos enseña la historia es que la bondad sigue siendo un tema pendiente en el que suspendemos con nota y qué mejor que empezar a poner puertas al campo antes de que cualquier tecnología quiera acceder sin permiso a partes privadas de nuestro cerebro para su propio lucro, independientemente de cuál sea esa ganancia.

Es por ello que una plataforma privada y segura en la que los datos estén codificados de extremo a extremo y seamos los dueños y señores de ellos para poder decidir su destino en este contexto se torna más que necesaria. Blockchain puede ser tu mayor aliada en esta encrucijada que no tardará mucho tiempo en convertirse en debate constante. Piensa en esta herramienta como el juez perfecto y en un procedimiento democratizado de registro de información que no depende de sistemas centrales o confianza entre los sujetos.

 

 

Codificar la información digital sigue siendo una tarea pendiente pero empezamos a procastinarla demasiado. Suponemos que las máquinas todavía no tienen un aspecto amenazante como para pensar detenidamente en ello. Alexa tiene una apariencia decorativa, una bonita planta con forma de altavoz post-moderno aunque haga algo más que la fotosíntesis. Los robots de Boston Dynamics se tiran todo el día en el gimnasio entrenando duro y no para ser los reyes del parkour.

La tecnología está más avanzada de lo que pensamos aunque a la era Terminator todavía le quedan unos años. Esperemos que estos simpáticos amigos no nos desvíen de un tema crucial: tu información digital es importante, restringe su acceso y evita que caiga en malas manos.

 

 

 

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